De pequeño era tan revoltoso nuestro hijo Poe; ¿no te acuerdas, mi querido esposo? Tú sabes mejor que nadie que nos esforzamos por tener la parejita, pero el destino es así: no siempre se cumple la voluntad. Su nacimiento fue lo que me hizo sentir mujer. Recuerdo su afán por mamar con locura y estrujarme el pezón derecho, sus risas sin sentido, pero sobre todo comprobar que nuestros genes tendrían otra dimensión en él.

De tus padres a los míos, del bisabuelo Teodoro a sus tatarabuelos de Alcorcón, quien empezó la saga de tanta idiotez es un misterio sin resolver. Nuestro pequeño Poe ha crecido sano y eso es lo único que nos tiene que importar como padres. A su merced para lo que necesite, a su vera en cualquier esquina y siempre detrás de sus pasos por mucho que se equivoque. Me dolería en el alma no darle cobijo en sus errores y más aún no aceptar que es fruto del amor que nos unió en una noche de excesos.

Alevosía para que nunca deje que nadie lo pisotee y lo infravalore por sus limitaciones. Nuestro hijo podrá llegar a ser lo que quiera con esfuerzo y suerte, y yo, como la madre que lo parió, lo defenderé a capa y espada. Si volviese a nacer y empezase de nuevo, no cambiaría nada, absolutamente nada. Historias para pasar el rato; prefiero que se le conozca por su propia voz que por los chismorreos de los demás. Sus vivencias, su forma de contar la realidad, él es el único protagonista vestido para la ocasión.

 

 
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